Que una coproducción hispanoamericana logre cierta repercusión ya es un logro en sí mismo. “Rosario Tijeras” ha sido todo un fenómeno en Latinoamérica (especialmente en Colombia, donde se centra la película), donde arrasó en taquilla, desplazando a producciones norteamericanas. Con este prestigio como garantía, me dirigí al cine, entre curioso y esperanzado.

Rosario Tijeras es la historia de la mujer fatal que titula la película. Con un físico que quita el hipo, a primera vista nadie diría que es una asesina a sueldo, llena de ira y rencor surgidos de una vida de miseria: drogas, muertes, violaciones, etc. Ahora, consciente de su atractivo, ejerce de prostituta de lujo y asesina eventual, jugando con los hombres que marcaron su manera de ver las cosas. Sin embargo, sus esquemas se derrumbarán cuando conozca a Antonio (Unax Ugalde) y Emilio (Manolo Cardona), dos amigos de clase alta que se enamoran de ella. El primero es tímido y sincero, el segundo, un seductor nato. Rosario se sincerará con Antonio, pero se acostará con Emilio, lo que ocasiona que el primero lo sepa todo de ella pero esté a dos velas; mientras que el segundo conoce cada rincón de su anatomía pero ni siquiera sabe a qué se dedica. El triángulo amoroso se desarrolla en el turbulento y sangriento ambiente del Medellín de finales de los 80.

Rosario Tijeras es una bajada a los orígenes de “El precio del poder”, en el sentido de que es la respuesta a la pregunta ¿Cómo es la sociedad desde la que se exporta toda esa droga?. Si en la película de Brian De Palma los escenarios eran playas, discotecas y lujo, en la de Emilio Maillé los clubes de diseño contrastan bruscamente con el chabolismo, la pobreza y la violencia descarnada de las calles. Rosario se mueve entre esos dos mundos, uno es en el que trabaja, el otro, de donde procede. Y, en mi opinión, funciona mejor como reflejo de la sociedad que retrata que como drama humano y amoroso. Rosario encarna lo peor de una época y su paso por la vida será tan rápido y brutal como sus propias acciones. Su redención al descubrir su amor por Antonio, le harán ver que también hay espacio para la bondad en el hombre, pero el mensaje llega demasiado tarde, ya que finalmente será asesinada por otro sicario. Esto, no es el spoiler que parece, pues la película se inicia así, y la trama se desarrolla a base de flashbacks.

El mayor inconveniente que presenta la película es la falta de claridad. Conocemos bien a los personajes principales, pero los negocios y enemigos de Rosario nunca llegan a conocerse suficientemente, de modo que muchas de las acciones decisivas para que la historia avance no tienen una explicación satisfactoria. Es como si nos dejaran mirar como espectadores pasivos, sin derecho a saberlo todo. El montaje de los flashbacks contribuye bastante a crear ese desconcierto. El resultado es que la película adolece de partes repetitivas y que llegan a aburrir, de modo que, al final, el mayor interés es conocer quién mató a Rosario, pero sin resolverse tajantemente el por qué. Quizás la respuesta a todas estas preguntas se encuentren precisamente en todo lo anterior, es decir, que en una sociedad donde las lealtades son débiles y donde dinero, religión y venganza a partes iguales hacen girar la rueda, pocos son los que saben realmente quién es tu enemigo o que bala lleva tu nombre.

Como no todo van a ser quejas, la película también presenta varios aciertos. El principal es la elección de Flora Martínez para encarnar a la protagonista. La actriz aporta suficiente dureza y sobrada presencia física como para hacer creíble a su personaje. Por su parte, Unax Ugalde (un actor que generalmente no me apasiona) logra confeccionar un personaje extrañamente ingenuo a pesar del ambiente en el que se mueve, como un último reducto de inocencia. El resto de personajes no actúan ni mal ni bien, sino que parecen directamente sacados de lo peorcito de Medellín, con lo que crean un background bastante adecuado.

Además de lo anterior, algunos de los pasajes de Rosario Tijeras bastante buenos, sobre todo aquéllos que conjugan la más profunda religiosidad con la violencia de las mafias, con especial mención a la escena del entierro (en la que se llevan de fiesta al cadáver) y a la del “asesinato” de un muerto (en la que la venganza llega tarde, pero llega).

En resumen, nos queda la sensación de que hemos asistido al reflejo de una parte de la historia de Colombia, con sus peligros, costumbres y ambientes, pero sin que los personajes lleguen a importarnos lo suficiente como para que lamentemos sus acciones o sintamos sus preocupaciones. Quizás nuestras culturas son demasiado dispares. Quizás el libro en que se basa la película no sea tan conocido aquí, y partamos con desventaja. En cualquier caso, una buena forma de conocer algo más del mundo latinoamericano.

Lo mejor: Flor Martínez en su faceta letal.
Lo peor: al final quedan muchas dudas por despejar.

Calificación: 5,5 /10

(Ver ficha)

Fdo: Stan