Mucho morbo y expectativas había despertado en este mísero cinéfilo la secuela de Instinto Básico. Tras una espera bastante larga nos llega esta “Adicción al riesgo”, cuyo rodaje he seguido noticia tras noticia, albergando la esperanza de que tanto retardo (para tratarse de un éxito) supusiera una digna continuación de las sangrientas andanzas de Catherine Tramell. Lástima que el resultado sea el que todos ahora podemos comprobar.
A inicios de los noventa, un erotómano de la talla de Paul Verhoeven dirigía Instinto Básico, película que se convirtió en un rotundo éxito y catapultó a la fama a Sharon Stone. Su trama negra, violenta y descaradamente ambigua en cuanto a moralidad se refiere (algo poco habitual en los EE.UU.) recogía la esencia del mejor thriller, logrando algo bastante difícil: asentar un modelo y dejar más de un fotograma para la historia. ¿Hace falta decir cuál? Supongo que no. Se dice que la protagonista no podía creerse lo que estaba viendo y acabó abofeteando a Verhoeven. En fin, muchos disfrutaron y unos pocos se forraron. La inevitable secuela ha estado siempre envuelta en numerosas complicaciones, casi todas por arte y maña de la señora Stone que, viendo lo mal que le han sentado los años a Michael Douglas, jugó bien el poder que le otorgaba su inexcusable presencia en la segunda parte. Cuando todo cuajó a su gusto, se inició el rodaje.
Bueno, ya que estamos en antecedentes, vayamos con el argumento. En esta ocasión nos trasladamos a Londres, donde Catherine Tramell pronto se verá involucrada en un accidente de coche en el que muere el copiloto, un famoso deportista. Tras la autopsia se detectan en el cuerpo restos de estupefacientes por lo que Scotland Yard encarga investigar al detective Washburn (David Thewlis) que pronto siente una profunda aversión por nuestra pobre chica. Al no haber pruebas concluyentes de asesinato, se dictamina que la sospechosa pase un examen psicológico realizado por el prestigioso doctor Glass (David Morrissey), que concluye que Tramell padece “adicción al riesgo”. Tras ser absuelta, Tramell se convierte en paciente del psicólogo, y entre ellos surgen los secretos, los deseos y, como no, los cadáveres.
El continuo tira y afloja del psiquiatra con la escritora y la pulsión sexual creciente entre ellos marcan el tono de una película que deja mucho que desear. La trama criminal es una excusa para sustentar la doble cara del personaje de Stone, sin nada más que ofrecer. Una suerte de muertes que están relacionadas con todos los protagonistas. Nada nuevo para los que hayan visto la primera parte, pero, sin embargo, existe una diferencia importante. En Instinto Básico el protagonista era policía, y sabíamos, pese a su comportamiento, que los datos que manejaba eran fiables. En la secuela, las distintas pistas para descubrir al asesino provienen de personajes que podrían estar mintiendo siempre. Todo ello nos conduce a un final tan tramposo como la trama que nos han montado. Como consecuencia, cuando ves la película te encuentras como en los libros de “elige tu propia aventura”. Y eso, al menos a mí, no me gusta. Una cosa es ser maléficamente ambiguo, y otra, muy distinta, no saber resolver (o no querer, no sé que sería peor) tu propia historia. Y es que, por no caer en lo predecible y mil veces visto, se cae en el ridículo.
Por lo que respecta al sexo (que sé que os interesa pillines), decir que en esta peli hay menos que en un congreso de la COPE. Bueno, ya sé que es exagerar, con ello quiero referirme que esta es un Instinto Básico de la era light, del recato y el estúpido temor norteamericano por el sexo. Escenas de portada de Quo para una película de (supuestamente) alto contenido sexual. Sharon Stone ha estado más atrevida en muchas otras cintas y ahora, por no ser clasificada como NC – 17 o por lo que sea, se conforma con soltar frases más bien bruscas (se me viene a la cabeza la de ¿Quieres correrte en mi boca?) y con mostrar un desnudo integral de visto y no visto (no, no hay cruce de piernas). En cualquier caso ya se habla por ahí de la supuesta versión íntegra, mucho más fuerte, imagino. Veremos.
El nuevo director es Michael Caton-Jones, responsable de The Jackal o Rob Roy, por citar sus dos películas más destacables (lo que no es decir mucho); se ve que los productores querían un profesional moldeable que no cobrara demasiado ni les diera quebraderos de cabeza con sus ideas artísticas. El papel principal es, como no podría ser de otro modo, para Sharon Stone, que en esta ocasión se ve rodeada por David Morrissey, David Thewlis y Charlotte Rampling. Un reparto, en mi opinión, demasiado flojo. Lo digo en el sentido de que, aunque Stone me parece una excelente actriz, el conjunto cojea por Morrissey y Thewlis, dos actores que no me gustan nada. Los veo sin personalidad, a mi al menos no me llevan al cine. En cuanto a Rampling, pone el toque de calidad con sus breves apariciones. A Morrissey le toca el papel de psicólogo más caliente que el cenicero de un bingo, un buen chico a punto de estallar. No sé si es cosa mía, pero ¿no os parece que a Morrissey le han vestido, pelado y doblado como si fuera Liam Neeson?

¿Parecidos razonables?

La impresión que me dio es que buscaban a un joven Neeson para este papel y, como no lo encontraron, pues se quedaron con el actual. Ni que decir tiene que el genial actor de La lista de Schindler lo hubiera hecho mil veces mejor, además de cuadrar más por edad con Sharon Stone. De todos modos, Morrissey hace lo que puede, aunque sospecho que el doblaje español le ha beneficiado bastante.

Lo mejor: Sharon Stone.

Lo peor: que no está al nivel de las expectativas y se olvida en cuanto se ve.

Calificación: 4 /10

(Ver ficha)

Fdo: Stan (artista invitado)