Jaime Pressly y Devon Aoki nos dan la espalda. La mala educación convertida en arte...
Hay que ser aburrido, demasiado serio o muy triste para no saber disfrutar de esta película. Porque a ver, ¿qué puede esperar uno de la adaptación de un videojuego que se hizo famoso por el "realismo" con el que se movían las tetas de sus luchadoras? Pues a poco que uno sea mínimamente inteligente, no esperará otra cosa que tías buenas repartiendo leches, algo que, por otro lado, no es ni más ni menos que lo que promete su trailer (incluido en la ficha enlazada al final de esta reseña) y sus carteles (que podéis ver pulsando aquí). Así que, me van a perdonar la expresión, pero me parece un poco gilipollas esa actitud de "uy, quita, quita, qué peli más mala será, si ni siquiera han contratado a buenas actrices y el guión seguro que es una mierda". A ver, chavales y chavalas, eso ya lo sabemos todos de antemano, no hace falta que os jactéis de ello y encima pretendáis ir de inteligentes con esas afirmaciones de librillo. Aquí de lo que se trata, y lo repito, por si alguien no se ha enterado, es de pasar ochenta y pocos minutos delante de la pantalla viendo cómo un puñado de tías buenas en bikini se parten el lomo contra personajes estereotipados (el viejo maestro chino silencioso, el afroamericano calentorro y vacilón, el simpático wrestler norteamericano, etc.), mientras sueltan frases frívolas con toda la alegría del mundo y las leyes de la física quedan totalmente anuladas en beneficio de la exageración y el puro delirio cinematográfico. Si alguno de ustedes es incapaz de apreciar el cine en su vertiente de entretenimiento puro y duro, sin más aspiraciones artísticas que conseguir algún encuadre "moderno", decorados coloristas o efectos especiales "molones", será mejor que permanezca alejado de esta DOA tanto como pueda. Y así, de paso, no dará la lata en plena proyección con sus reflexiones "sesudas" a los que han pagado su entrada con la única, sana y encomiable vocación de pasar un buen rato sin tener que preocuparse de la coherencia narrativa, la progresión psicológica de los personajes o el mensaje socio-político. Para eso están otras pelis. ¿No creen?
Y es que, lo crean o no lo crean algunos, existe la posibilidad de disfrutar con cintas como ésta, como Street Fighter, como Transporter o como Torque. Y más sorprendente aún: ¡no hay por qué avergonzarse de ello! Creo que a estas alturas, tanto los responsables de este blog como muchos de sus lectores, somos ya lo suficientemente adultos como para saber diferenciar las peras de las manzanas y saber qué sabor tenemos que esperar de cada una. Pero... ¡ojo! No todas las películas de este tipo tienen que ser necesariamente defendibles, porque hay algunas que además de ser intrascendentes resultan aburridas y cansinas (véase el caso de Ultravioleta, por ejemplo). Y, de cualquier manera, en no pocas ocasiones cuando se trata de defender o atacar películas supuestamente "malas" la objetividad se suele ir al carajo y entramos a valorar la cinta en cuestión dependiendo, entre otras cosas, del grado de simpatía que nos provoque, de las veces que has bostezado o sonreído, o de lo alegre o deprimido que estuvieras en el momento de visionarla. Por otro lado, todo esto se agrava si además hablamos de la adaptación de un videojuego, concepto a priori perjudicial para la recepción del proyecto de cara no sólo a la crítica (que en su mayoría sigue llamando "marcianitos" a cualquier propuesta jugable), sino también al público medio que tantas horas pasó delante de su gamepad y que lanza el grito al cielo cuando ve que le han cambiado el color de la camiseta a su personaje favorito. Así que, entre los ataques de unos y otros, existe la idea generalizada de que "todas las películas basadas en videojuegos son una puta mierda". Vale, puede que haya un puñado de casos en los que esto sea totalmente cierto. Pero tendríamos que tener en cuenta que estos largometrajes no están adaptando teatro humanista ni tratados filosóficos (aunque no se alejen demasiado de los postulados mitológicos del héroe enfrentándose a las bestias para conseguir un objetivo concreto). Además, ciñéndonos exclusivamente al caso concreto de Dead or Alive, la película no ofrece más que lo que había en el videojuego y que vuelvo a mencionar: tías buenas y artes marciales. Así que no veo lógico quejarse demasiado porque en ese sentido el resultado es inmejorable (vale, reconozcámoslo, la peli podría haber estado incluso mejor con desnudos, pero lo que hay está más que bien).
DOA, la película, se sitúa en un terreno cercano al de otra popular adaptación de un juego, Mortal Kombat, en el sentido de que su argumento se limita a una sucesión de combates adornados con leves intrigas entre unos personajes y otros para rellenar algo el tiempo que hay entre pelea y pelea. Pero también está espiritualmente muy cerca de las versiones cinematográficas de Los Ángeles de Charlie, al plantear secuencias de lucha que rompen las barreras de lo físicamente probable mezcladas con artilugios de alta tecnología en poder de mentes malignas, aquí un "capturador" de aptitudes marciales que el malo (impagable Eric Roberts, volviendo a luchar años después de su participación en la entrañable Campeón de Campeones y su irregular secuela) pretende utilizar para convertirse en un superluchador y de paso vender el invento a inversores extranjeros. Pero no sólo de referentes occidentales vive la película, ya que tenemos que tener muy en cuenta (sobre todo en lo mucho que afecta, para bien, este hecho a las escenas de lucha) quién es el director de la función: nada menos que Corey Yuen (o Cory Yuen, como aparece acreditado en ocasiones). No voy a citar la filmografía completa de este actor, coreógrafo de artes marciales, productor, especialista y director porque necesitaría demasiado espacio, pero baste decir que ha estado presente de algún u otro modo en algunas de las mejores películas de acción de Hong Kong de los últimos 30 años y que su experiencia va mucho más allá de haber sido el firmante de la simpática y plenamente disfrutable Transporter cuatro años atrás. Precisamente en ese mismo año, 2002, Yuen dirigió la película que hizo que los productores de DOA decidieran ofrecerle este encargo, la en ocasiones brillante So Close (estrenada en DVD en España como El control de la venganza), con unas arrebatadoras Shu Qi, Vicky Zhao Wei y Karen Mok repartiendo belleza y patadas a partes iguales, aunque con una trama algo más oscura y dramática. Quiero decir con todo esto que Corey Yuen no es un don nadie, un francotirador de la serie B más rastrera o un novato, y que gracias a su labor detrás de las cámaras DOA contiene unas escenas de acción más que notables en las que, gracias a una mezcla de cables y entrenamiento, las protagonistas lucen como verdaderas expertas (especialmente Jaime Pressly, una mujer de la que más de uno no le importaría recibir un par de leches con tal de tenerla arrimada). Dead or Alive os hará pensar en todas estas cintas que hemos citado, pero también en películas de Van Damme como Contacto Sangriento y The Quest, sin olvidar la que posiblemente sea la obra capital del subgénero de torneos marciales, la mítica Operación Dragón. Todo empaquetado de manera lujosa y en pantalla panorámica. Sinceramente, estoy deseando que saquen el DVD.
Para chicos y chicas guerrer@s.
Lo mejor: Es rabiosamente divertida y visualmente es un caramelo.
Lo peor: Decepcionará a los que piensen que "sin pezón no hay teta".
¿Recuerdan lo mucho que prometía Mateo Gil con su primer largometraje, Nadie conoce a nadie? Por entonces, venía abalado por el excelente recibimiento de su cortometraje Allanamiento de morada y por los colaborar con Alejandro Amenábar en los guiones de Tesis y Abre los ojos. Todos esperábamos bastante de su primer largo y en cuestiones de recaudación la cosa funcionó notablemente bien. Pero si miramos únicamente los valores artísticos de aquella película estaremos de acuerdo en que no era nada del otro jueves, que tenía secuencias irrisorias (esas pistolas con ruiditos... ¡por favor!) y que Jordi Mollà haciendo de andaluz tenía la misma credibilidad que un político marbellí. Eso sí, algunos mantuvimos la esperanza de que él, Amenábar y Alex de la Iglesia fueran la punta de lanza de un nuevo concepto de cine español, más espectacular, más orientado hacia el público y hacia el entretenimiento (directores de "otro" tipo de cine ya los había a patadas y los sigue habiendo). Hoy, casi diez años después de aquel "movimiento", de ese supuesto triunvirato el único que sigue mostrando una vocación agradecida y sinceramente populista (dicho sin el menor ánimo peyorativo) es de la Iglesia, con cambios de registro pero siempre buscando no aburrir con sus historias o no parecer demasiado pretencioso. Mientras tanto, Amenábar se convirtió en el próximo Almodóvar y Mateo Gil poco más hizo fuera de su cobijo. Hasta que el pasado año ganó un Goya por adaptar el guión de El Método Grönholm a formato cine (ganó otro el año anterior por el libreto de la sobrevalorada Mar Adentro). No sé hasta qué punto estos premios fueron decisivos a la hora de encargarle al canario ponerse detrás de las cámaras en una de las Películas para no dormir que estamos reseñando de un tiempo a esta parte, pero lo que tengo claro es que para ser una "reaparición" en dicha faceta, Gil no ha intentado hacer nada destacable ni mínimamente original, limitándose a hacer otra de esas tantas cintas españolas que juegan al suspense para camuflar historias que son más propias de cualquier drama al uso.
El tiempo del espectador vale su peso en oro, y por eso no estamos para malgastarlo. Me explico: si ustedes van al videoclub a alquilar un dvd que parece "de miedo" porque es lo que les apetece esa tarde, lo mínimo que le pueden pedir es que intente dar miedo. ¿Imaginan estar buscando una película de acción, alquilar la nueva de Steven Seagal y encontrarse con que el argumento gira alrededor de un bombero que tiene que rescatar al gato de la hija del alcalde que se ha quedado atrapado en el árbol más alto del parque, aunque tuviera que darle un par de leches de vez en cuando al lechero y el repartidor de periódicos para justificar su presencia en el reparto en lugar de Tim Allen? Pues algo parecido a esto es lo que sucede con este tipo de cine de terror a lo vamos-a-dar-un-poquito-de-miedo..., pero-no-mucho-que-se-nos-infarta-la-abuela.
Así que quiero que sean conscientes de que este es el tipo de "terror" que encontramos, siguiendo con las Películas para no dormir, en La Culpa de Narciso Ibáñez Serrador, es decir, un miedo sereno, esporádico y para muchos insatisfactorio. Tampoco vayan a creer que pienso que para que una cinta sea verdaderamente de terror ésta tiene que estar mostrando tripas cada cuatro minutos y metiendo un susto cada siete. No. Hablo más de una atmósfera opresiva, de una sensación de angustia, de un crescendo inquietante. En Regreso a Moira todo esto está presente, pero con cuentagotas. ¿Que a ustedes les gusta este tipo de suspense? Pues perfecto, corran a alquilarla. Pero por advertir que no quede...
Es posible que a raíz de todo lo que han leído hasta ahora (si han llegado hasta aquí) les haya hecho pensar que no disfruté con la película. Tampoco es eso. Regreso a Moira es un título entretenido y eso no lo voy a discutir. Aunque guarde posturas ideológicas en el argumento similares a las que planteaba La Culpa, Gil no ha filmado una cinta tan estática: no reniega de los juegos de montaje alternando presente y pasado con gusto, introduciendo momentos oníricos que provocan cierta desazón y manteniendo siempre un agradecido tono de fantasía que le da algo de fuerza al conjunto. Además, la historia del joven de pueblo enamorado de una mujer mayor que él a la que todos acusan de ser bruja tiene su morbo y consigue que me parezca atractiva una actriz, Natalia Millán, cuyo físico nunca me atrajo demasiado. Y hay un concepto visualmente muy efectivo, como es el hecho de que la casa de la "bruja" permanezca intacta durante el curso de los años, a pesar de que todo a su alrededor se ha modernizado. Seguro que a alguien le puede sonar familiar la estructura dramática de "viejo escritor que vuelve a sus orígenes para hacer las paces con su pasado y morir en paz", pero la falta de originalidad la suple la película con un acabado decente que, no obstante, se resiente sobre todo de la repetición de situaciones y la sensación de que el argumento no avanza y se extiende algo más de lo necesario (estamos hablando del telefilm más largo de la serie).
Para completistas de la serie.
Lo Mejor: El sueño en el que casi se homenajea a George A. Romero.
Lo Peor: El prescindible cameo de Amenábar y Gil. Que no da miedo.
Cuando leí por primera vez la noticia sobre el rodaje de esta película, pensé de manera ignorante que sería una cinta de acción. Con un título como Green Dragon, un director con nombre oriental y la presencia de Patrick Swayze y Forest Whitaker en el reparto, eso me parecía la opción más fácil. Sin embargo, nada más lejos de la realidad.
Timothy Linh Bui y Tony Bui fueron los responsables de Tres Estaciones, película que triunfó en el Festival de Sundance en 1999. De origen vietnamita, estos creadores lograron después con Green Dragon hablar sober sus raíces, reflexionar sobre sus orígenes y regalarnos una pequeña pero agradable película que, lamentablemente, ha pasado bastante desapercibida por medio mundo.
Ambientada en 1975, en el campamento militar Pendelton (en California), donde van a parar los refugiados vietnamitas que están huyendo de la guerra, la película obvia toda referencia visual al conflicto bélico para centrarse en el día a día de los refugiados. Es una historia coral en la que no hay un protagonista único, sino una serie de personajes que nos cuentan la historia con sus vivencias y sentimientos cotidianos.
En un principio la narración se centra en dos hermanos (chico y chica) que han llegado al campamento junto con su tío, Tai Tran (Don Duong). Los pequeños esperan la llegada de su madre, que tuvieron que dejar atrás cuando abandonaron Vietnam. Por su parte, Tai Tran entabla relación con el sargento Jim Lance (Patrick Swayze), un hombre de buen corazón que intenta hacer la vida más llevadera a los refugiados, y que invita a Tai Tran a ser su mediador con los vietnamitas. También tenemos otra línea narrativa paralela, en la que uno de los dos hermanos, el pequeño Thuy Hoa (Hiep Thi Le), entabla una relación de amistad con el cocinero de la base, el bonachón y taciturno Addie (Forest Whitaker).
Si no me equivoco, Patrick Swayze y Forest Whitaker no coinciden en ningún plano de la película, y el personaje del cocinero Addie es casi un fantasma. Prácticamente no habla con nadie, encerrándose en la parte trasera de la cocina, donde está dibujando un mural presidido por un gran dragón verde con el que soñaba de pequeño, y que esperaba que le sacara de su realidad y le llevara a un mundo perfecto muy diferente al que conoció. Su relación de amistad y admiración mutua con Thuy Hoa es realmente enternecedora, además de estar coronada por una conclusión nada agradable pero que el director sabe mostrar sin caer en la lágrima fácil.
Sin duda, Forest Whitaker es uno de esos actores que caen bien de inmediato, y eso ayuda mucho a sus papeles.
En cuanto a Patrick Swayze, es agradable ver cómo un actor al que siempre he respetado continúa su carrera lejos de Hollywood participando en proyectos tan estimulantes como ésta Green Dragon, Donnie Darko o 11:14. Lejos de su etapa de héroe de acción o sex symbol, está madurando como un actor dramático más que interesante.
Sobre Don Duong y el resto del reparto vietnamita, señalar la agradable sorpresa que ha supuesto conocerlos gracias a esta película, ya que su credibilidad y la pasión que dan a sus personajes está fuera de toda duda.
Timothy Linh Bui nos muestra la convivencia y los conflictos entre los refugiados, sus relaciones amorosas, sus sueños de una nueva oportunidad en un nuevo país, los problemas que arrastran del pasado... Todo con sobriedad y elegancia, sin efectismos ni artificios.
Mención especial para la partitura compuesta por los hermanos Danna, que acompaña perfectamente a las imágenes y potencia el tempo lento, atento al detalle y a los sentimientos, que el director pretende dar a su obra.
Lo único que se puede echar en cara a Green Dragon es la repetición de situaciones (lógica al movernos en un único escenario), la falta de peso de algunos personajes (sobre todo la niña pequeña, que aparece y desaparece de escena sin ninguna explicación), y que su sobriedad pueda ser entendida por algunos como frialdad.
Un servidor tiene que reconocer que, a pesar de sus pequeños defectos, se emocionó en varios momentos del metraje. Y eso, para mí, ya justifica ver una película.
Para los que quieran conocer una parte de la guerra de Vietnam alejada de Rambos y Braddocks.
Lo mejor: Los actores, desde el primero hasta el último. La serena emotividad de la historia que nos cuenta.
Lo peor: Que no es apta para los consumidores de fast food cinematográfico, que es el tipo de público que predomina hoy en día...
Tenía que pasar: alguno de los 6 episodios de Películas para no dormir tendría que disgustarme. Lo que no esperaba es que fuera precisamente la entrega dirigida por el padrino del invento, Narciso Ibáñez Serrador (no sólo gran pope de la televisión española, sino también director de dos de las más interesantes películas de terror que jamás se han rodado en España, La Residencia y, especialmente, la fascinante ¿Quién puede matar a un niño?) la que viniera a aguarme la fiesta que había comenzado con La habitación del niño y había continuado con Para entrar a vivir. Pero por una vez, y mal que me pese, tendría que decir que los alumnos han superado al maestro y que la labor de "Chicho" ha quedado anticuada y casi insípida en comparación con las desarrolladas por Alex de la Iglesia y Jaume Balagueró en sus respectivas cintas.
Narciso Ibáñez Serrador no dirigía ficción desde 1982, año en que estrenó dos Historias para no dormir, El trapero y El fin empezó ayer. Y lo peor que podemos decir de su trabajo en La Culpa es que, siendo algo maliciosos, parece que por su mente no hayan pasado ya más de veinte años desde entonces, tal es el clasicismo de su propuesta. No es que tenga problemas con la artesanía cinematográfica de toda la vida. De hecho, ahí está John Carpenter haciendo las cosas (cada vez menos) a su bola y sigue siendo uno de mis directores favoritos. Pero el principal problema de La Culpa es que no sólo "parece hecha" hace unos treinta años, sino que además parece "pensada" en esa época. Ignoro de qué fecha data el relato de Luís Murillo que Serrador ha adaptado (bajo su seudónimo habitual de Luís Peñafiel), pero la película no sólo está ambientada a comienzos de los 70, sino que parece concebida en ese contexto. Y eso, aparte de constituir un ejercicio nostálgico que pueda llegar más o menos al espectador dependiendo de su grado de acercamiento a dicha etapa de nuestra historia, supone un problema cuando los elementos dramáticos que se manejan se han quedado anclados en el pasado y pierden eficacia en el panorama actual.
Veamos si no la caracterización del personaje interpretado por Nieve de Medina, Ana: una ginecóloga que vive sola, es lesbiana, practica abortos de estranjis, suele acostarse con sus ayudantes femeninas a las que camela invitándolas a trabajar y vivir junto a ella y, por si fuera poco, fuma. ¡Madre mía, qué barbaridad! Ejem, ejem... ¿a alguien le sigue impresionando esto? Puede que en 1970, apenas unos años antes de la Apertura, sí que estuviéramos hablando de un personaje revolucionario. Pero teniendo en cuenta que estamos viendo una película de terror (o eso creíamos) y no una dramatización histórica (que es a lo que se parece), tanto nos da que la mujer sea lesbiana, hetero, bisexual o zoofílica cuando lo que queremos es verla pasando miedo. De hecho, el recurso no parece más que una excusa para aportar un par de escenillas pseudo insinuantes entre Nieve de Medina y Montse Mostaza, tan castas que son incapaces de causar morbo alguno al público de hoy, acostumbrado (y afortunadamente, según mi opinión) a ver a personas del mismo sexo besándose en la parada del bus o en las butacas del cine con toda la normalidad del mundo. La otra protagonista, un tanto de lo mismo: madre soltera que, para colmo, vuelve a quedarse embarazada de alguien con quien únicamente mantiene relaciones sexuales que no van más allá del polvo furtivo. Llegados a este punto uno se pregunta si la película es más feminista que machista o es al revés: que yo recuerde, no hay ningún personaje masculino con frase (tan sólo se ven en forma de extras) y, aunque las mujeres protagonistas muestren unas actitudes que apenas hace treinta años podrían considerarse socialmente como "incómodas" o "transgresoras", al final reciben de un modo u otro un castigo por estos hechos que se salen de lo que alguien extremadamente conservador entendería como propios de "una mujer como dios manda". Principalmente en el acto del aborto (que no sólo practican las dos protagonistas a otras féminas, sino que también a una de ellas mismas) está "La Culpa" a la que hace mención el título del telefilm y en ese sentido Chicho no engaña: de lo que verdaderamente nos está hablando aquí es de remordimientos y penalidades morales. Y eso, perdonen que les diga, me parece un error que supondrá una fuerte decepción para los que han ido siguiendo el devenir de la serie con los dos estupendos episodios previos, llenos uno de tensión y el otro de adrenalina, elementos que aquí (casi) brillan por su ausencia.
Vale que el espectro interpretativo está bien cubierto, que la fotografía de José Luís Alcaine está elaborada, que en términos generales no podamos decir que aburre... pero La Culpa sabe a poco. Y es así no porque estemos ante una producción de metraje escaso o por su tono minimalista, sino porque durante buena parte de la cinta el director se dedica a marear la perdiz y a jugar con elementos transitorios que pueden poner de los nervios al espectador más impaciente y ávido de emociones fuertes. Un claro ejemplo es el uso de una "misteriosa" puerta al lado de la escalera cuyo pomo se mueve "de manera extraña" cuando una de las protagonistas pasa a su lado. Desde luego, la resolución de esta subtrama te hace pensar algo así como "¿para eso tanto?". Y más o menos esa es la sensación general que te deja el mediometraje una vez visto, lo cual sólo puede significar que estamos ante un proyecto fallido. De cualquier modo, no me extrañaría que Serrador estuviese muy orgulloso de su "criatura": si lo que pretendía era hacer una historia de leve suspense progresivo con buenas dosis de dramatismo, ambientada en una época pasada y centrada en la labor de sus actrices, chapeau por él. Pero, repito, no es lo que muchos de los que nos enfrentamos a estas Películas para no dormir deseamos ver. Parece mentira que el director al que censuraron algunas escenas de ducha y sadomasoquismo lésbico en La Residencia, y que plasmó en pantalla el asesinato en serie de y contra niños en su segundo largometraje (repito, sobrecogedor y altamente recomendable), se muestre aquí tan apagado, tan "correcto y formal", tan "amable" con el público, a quien no se lo hace pasar mal en es exceso (sentimiento que en teoría uno busca cuando ve cine de terror, pasarlo mal desde la seguridad del sofá), tan, en definitiva (y con esto me estoy aventurando), autocensurado. ¿Se habrá hecho mayor Chicho? ¿Habrá acercado su postura creativa en contra de la violencia audiovisual y conceptual que practicaba antaño? Diría que sí. Pero como dije antes, sólo son conjeturas propias. En un principio esta película llevaba por título El Ser y su argumento hacía pensar en algo así como una versión patria del magnífico Estoy vivo de Larry Cohen. Pero el resultado final se asemeja más a la típica película de terror a la que parece que le da vergüenza dedicarse plenamente a provocar miedo o, cuanto menos, suspense. Esperábamos más de ti, Chicho.
Para quienes sufran demasiado con el cine de terror y sólo se atrevan con películas light.
Después del excelente sabor de boca que me dejó La habitación del niño (cuya reseña pueden recuperar aquí), ya tenía ganas de hincarle el diente a otra de estas Películas para no dormir auspiciadas por el viejo Chicho. No obstante, el hecho de que Balagueró fuera el director de esta Para entrar a vivir no suponía ninguna garantía para mí como espectador, ya que como ha sucedido con el resto de su filmografía, los dos últimos trabajos en los que ha estado relacionado ofrecían una de cal y otra de arena: si bien Frágiles fue un decente y atmosférico paseo por caminos ya recorridos cientos de veces antes en el cine de terror, La Monja (basada en una historia del director catalán, aunque no dirigida por él) me pareció un bodrio sin paliativos. Por lo tanto, no esperaba Para entrar a vivir con la misma intensidad que La habitación del niño, pero ha surgido la sorpresa y precisamente la palabra intensidad tiene la culpa de ello.
El telefilm de Balagueró es aún más escueto que el de Alex de la Iglesia, lo cual no deja de ser una ventaja si tenemos en cuenta las limitaciones del proyecto (principalmente las temporales) y el modo en el que se ha planteado: el guión se adecua a unas coordenadas concretas y muy específicas, en las que apenas hay espacio para los tiempos muertos y las escenas de relleno. En Para entrar a vivir, y salvando un parón narrativo central del que hablaremos luego, todo cuenta y todo vale, somos lanzados desde el principio a una espiral de tensión y violencia en la que no nos da tiempo a sentirnos cómodos. Balagueró sabe que el margen temporal con el que juega no es amplio y aprovecha la posibilidad de emplearlo en un continuo tour de force con el que el espectador tiene pocas posibilidades de aburrirse. Sólo a mitad de metraje, y mediante la utilización de un flashback, el director se para a coger aire y prepararnos para lo que viene después: algo tan simple como presenciar los intentos de una pareja (y alguien más...) por sobrevivir al acoso de una perturbada mental cuyos motivos para matar son tan absurdos que dan miedo. Estamos entonces lejos de los cuentos de fantasmas en los que tanto se ha prodigado Balagueró, quien esta vez recorre los cómodos senderos del psychothriller desbocado y adrenalítico. Y digo cómodos porque no hay en Para entrar a vivir una intención de romper esquemas, de resultar original, de hacer una película con firma autoral. Pero amigos cinéfagos, cuando por estos caminos somos guiados con pulso firme y trepidante por alguien que sabe exactamente lo que nos quiere transmitir, poco nos importa que lo que nos están contando no sea el colmo de la originalidad. Para entrar a vivir no engaña: se limita a un corre-que-te-pillo en el interior de un edificio abandonado (o casi) y alejado de la civilización (aunque hay un plano en el que a Balagueró se le escapa la imagen de varios coches circulando de fondo no demasiado lejos de donde sucede la acción), con una histérica Nuria González que se las hace pasar canutas a unos inocentes Adrià Collado, Macarena Gómez y Ruth Díaz, que no hacen otra cosa que lo que se les pide, que es poner cara de sufrimiento, gritar y arrastrarse de una habitación a otra intentando que no se les joda el maquillaje que los chicos de efectos especiales con tanto esmero les han aplicado.
Imagino lo bien que se lo debió pasar el director en el rodaje, haciendo temblar las cámaras cada dos por tres para crearnos un estado de nerviosismo progresivo del que disfruté como un crío, incluso esbozando alguna sonrisa de satisfacción y complicidad en los momentos más extremos (como aquel del triturador de basura o la bella y espectacular secuencia en la que Macarena Gómez intenta huir por una tubería y cae encima de unas cuerdas para tender la ropa, en plan action-heroin). Para entrar a vivir tiene esa excitante cualidad de mantenerte al borde de la taquicardia todo el rato, de ahí lo catárquicas que pueden llegar a resultar las resoluciones de algunas secuencias. Aquí no hay hueco para la tranquilidad, para las escenas de suspense reposado, para espíritus vaporosos... todo es rápido, nervioso y muy físico. Balagueró dice que en esta cinta ha rodado algunos de los momentos más fuertes de su filmografía y, por una vez, podemos decir que esta frase promocional no está lejos de la realidad. Por otra parte, elementos decorativos y ambientales como los maniquíes esparcidos por los rellanos o colocados estratégicamente en las habitaciones, los coches abandonados alrededor del edificio (que quizá nos adviertan silenciosamente de cuál será el destino de los protagonistas o de otros que han pasado por allí antes que ellos...) o la lluvia constante, hacen que nos sumerjamos aún más y con mayor agrado en la trama.
Acúsenme de ser un cinéfago benevolente, de ser demasiado fanático del cine de terror, de escudarme en el puro disfrute por encima del análisis crítico, pero es mi forma de entender el cine o, como mínimo, este género que tantas alegrías (más que decepciones) me ha dado a lo largo de mi vida. Para entrar a vivir es un telefilm sinvergüenza de una hora que pretende ser espectacular y vibrante. Y si no consigue ser precisamente eso, es que no he entendido nada de nada...
Que la segunda de estas dos imágenes llegue a convertirse en un icono cultural como lo es la primera (herencia directa de las anteriores Historias para no dormir) es algo que está por ver y que se me antoja harto difícil. Si bien la serie creada por el mago de la televisión Narciso Ibáñez Serrador supuso un revulsivo en la ficción patria y uno de los programas que (casi) todos los cinéfagos y teléfagos hemos visto alguna vez, la traslación de tal esquema al siglo XXI ha visto cómo lo que en un principio se suponía una fuerte apuesta para televisión se ha encontrado relegada a estrenarse en el triste mercado de los estrenos directos a videoclub, sin ningún tipo de campaña publicitaria en las 625 líneas que avale los nuevos episodios, ahora planteados como telefilmes. Si bien en su momento se anunció a bombo y platillo la creación de estas Películas para no dormir (con la aparición de los directores en los informativos y todo), finalmente parece que Tele 5 ha desestimado la propuesta de estrenarlas en televisión y ha dejado que Filmax las edite a su antojo. Y miren el caso que les está haciendo también Filmax Television haciendo click aquí. Yo creo que una mínima actualización no estaría de más, vaya... El caso es que ya he disfrutado de la primera de las 6 películas que conformarán la serie (porque, a tenor de lo que estamos viendo, y lamentablemente, no creo que vayan a prolongarla con más títulos), y más allá de sus resultados, habría que destacar dos cosas:
1) Que hay que ser cegato para dejar pasar la oportunidad de estrenar en primicia un telefilme de esta calidad
y
2) que ya es triste que una de las películas de terror españolas más interesantes que he visto desde Los sin nombre (con permiso de la estimable Frágiles y la al parecer inquietante El habitante incierto, que no he visto) venga en formato de telefilm.
Claro que, muchos podrían decir que esto que digo no sirve de mucho puesto que la mayoría de cintas españolas de terror recientes han sido pura basura. La diferencia es que éstas se han estrenado en cines y La habitación del niño no... ahí está lo triste del asunto. Se podría esgrimir también que la cinta de mi director español favorito (sí, amigos, Alex de la Iglesia es mi director español favorito, y con diferencia) no podría haberse estrenado en salas comerciales porque podría resultar demasiado corta o esquemática para su explotación en pantalla grande. Pero ahí está el sobrevalorado Steven Soderbergh estrenando Bubble, un experimento de 73 minutos de duración rodado en vídeo, y nadie se queja... Y, por otra parte, ¿acaso parte de la producción cinematográfica nacional no tiene más o menos la misma enjundia que un buen episodio televisivo? Cine y televisión son lenguajes narrativos diferentes, lo sé, pero hay casos en los que la diferencia no es tan evidente y La habitación del niño es uno de ellos, pero llevando esta comparación hacia el punto positivo. De hecho, ni siquiera la duración de 76 minutos me parece excesivamente corta como para que no merezca la pena pagar el precio de su entrada, y a un nivel ya puramente personal tengo que reconocer que siempre he sentido predilección por los largometrajes cortos, si me permiten la contradicción lingüística. Lo que estoy intentando decir es que pagaría por haber tenido la oportunidad de ver este telefilm en una sala de cine, mientras que jamás se me pasaría por la cabeza tirar mi dinero arriesgándome con propuestas como Skizo o H6 - Diario de un asesino (fui uno de los pocos que vio School Killer en el cine, y creo que mi cartera todavía me lo está echando en cara). Por eso me irrita la sensación de que la primera de estas Películas para no dormir (y me ajusto ahora exclusivamente a ésta, porque es la única que he visto) va a pasar sin pena ni gloria para el gran público, mientras que acuden en masa a ver la-película-española-del-momento-que-todo-español-está-obligado-a-ver, que ahora mismo es la fallida Malatriste, pero que antes han sido Volver o Días de fútbol. Tampoco vayan a creer que La habitación del niño me ha parecido una obra maestra, pero sí que es verdad que, tal y como está el panorama del cine español, no es una propuesta que se pueda rechazar a la ligera. La habitación del niño tiene la virtud de, aún siendo quizá la más fantástica de su filmografía, convertirse en la película más "realista" de Alex de la Iglesia, en el sentido de acercarse a problemas tan cotidianos como los familiares plastas o a otros menos habituales pero cada vez más frecuentes como la aparición de bandas organizadas especializadas en asaltar casas sin que los residentes se enteren (desde luego, la charla que les suelta el policía a los protagonistas es de todo menos tranquilizadora...). Y quizá por esa cotidianeidad, alejada de la astracanada paródica y de dibujo animado del resto de sus films, de la Iglesia consigue en muy poco tiempo hacernos cómplices de la trama e inmiscuirnos en esta realidad ficcionada plagada de paranoias y ecos fantasmales del pasado, de un miedo no material que puede tomar cuerpo en cualquiera de nosotros. Pero no se asusten, no se van a encontrar con un tostón tan apegado al verismo como para olvidarse del verdadero motivo por el que vamos a ver la película: para pasar miedo. En este aspecto, La habitación del niño supone otro pequeño triunfo al conseguir momentos de verdadera tensión y acongoje, a veces gracias al susto fácil acompañado de un fuerte efecto sonoro, es verdad, pero también gracias al progresivo enrarecimiento del ambiente y a la locura (¿?) in crescendo del personaje interpretado por Javier Gutiérrez, quien en la mejor tradición a lo Jack Torrance se lo pasa pipa haciendo que su psicosis le vaya convirtiendo de manera paulatina en alguien irascible e involuntariamente peligroso (y es que la sombra de aquella obra maestra de Kubrick/Stephen King llamada El Resplandor sigue dando cobijo a las ideas argumentales de un buen porcentaje de guionistas). Y, otra vez citando a Kubrick (que se que le gusta mucho a mis compañeros cinéfagos), Alex de la Iglesia recurre también a otro truco utilizado en El Resplandor: recorrer la casa con steady-cams, travellings y grúas, todo muy suave y elegante, aunque sin la magnificencia de aquel clásico, no sólo porque ambos serán directores diferentes, sino porque el propio escenario que maneja la producción española es mucho más austero y pequeño (aunque más lúgubre, eso sí, sobre todo en el flashback que sirve como epílogo y en otras escenas que no voy a comentar para no desvelaros parte del argumento).
En lo relativo a cómo se maneja el terror en la película, ya hemos dejado claro que se basa principalmente en la atmósfera opresiva que se va tejiendo alrededor de los personajes, puntuada con ocasionales sobresaltos que le pueden dejar a uno indefenso a poco que se descuide. De hecho, me alegra haberme pegado un par de sustos con esta cinta, sobre todo porque esta reacción el algo que pocas veces nos proporciona ya una película cuando has visto tantas del mismo género (porque hay cada una por ahí a las que sólo le faltan un rótulo en medio de la pantalla en el que se lea: "¡Advertencia: susto inminente!"). Pero la cosa no se queda ahí: quizá siguiendo en parte algo de la estela dejada por el nuevo terror oriental, en el que tanta relación hay entre el más allá y la tecnología, de la Iglesia llena también la trama de aparatos (esas pantallas con infrarrojos mediante las que el protagonista observa a su hijo... y algo más) y hasta de explicaciones metafísicas que no llevan ninguna parte. De hecho, tanto el guionista como el director parecen tan convencidos de que, valga la redundancia, no van a convencer a nadie con estas explicaciones, que son pronunciadas con una total falta de seriedad por un distante Sancho Gracia (el que mejor parece habérselo pasado en el rodaje, junto con un excelente Antonio Dechent que, al igual que en Alatriste, es capaz de introducir en sus escenas un tono cómico casi sin querer). Siguiendo con el reparto, veréis más caras habituales en la filmografía del director, y para los fans de Leonor Watling, tengo que decirles que sí, en efecto, sale desnuda. Sólo hay un problema: que si os pusiera una captura de la escena en la que sale como dios la trajo al mundo (o su madre, vaya), os estaría jodiendo también parte de la película. Así que lo dejamos aquí. Creo que una buena reseña es la que expresa a la perfección los sentimientos del crítico con respecto a la obra analizada, y por lo tanto unas veces puede servir como revulsivo para interesar al público por la misma o para advertirle y recomendarle que se aparte de ella. En este caso, espero que les haya picado la curiosidad y dejen de lado (los que los tengan) algunos de los prejuicios que se podrían presentar ante el visionado de La habitación del niño (ya saben: "es un telefilm, no me cae bien Javier Gutiérrez, no será tan buena cuando no la han querido pasar por la tele, es española..."). Luego les puede gustar o no, eso está claro, pero si creen que tienen gustos afines con este humilde cinéfago y se fían de su criterio (supongo que aún quedará alguien que lo haga), láncense a la piscina y háganse con la película. Y si ya lo han hecho, déjennos sus impresiones, que una reseña sin comentarios es tan triste como un día sin cine.
Para curiosos, seguidores de Alex de la Iglesia y del terror en general
Lo mejor: Su apuesta por no resultar estridente y, al mismo tiempo, no resultar sosa. Lo peor: Las malas condiciones en las que se ha estrenado Calificación: 7 /10
¿Se puede homenajear en una misma película a Eisenstein, Shakespeare y Bruce Lee? ¿Se puede mezclar la energía de Kusturica con las coreografías de Ching Siu-tung? ¿Se puede hacer una comedia social/romántica con artes marciales? Y lo más importante de todo: ¿se puede hacer todo esto sin caer en el ridículo? Pues en el caso de la película que nos ocupa, la respuesta a todas estas cuestiones es un rotundo SÍ.
De entrada, el concepto que se está vendiendo de Kebab Connection no es más que uno de los temas que toca, así que si alguien estaba pensando que se iba a encontrar con otra comedia de cine dentro de cine, será mejor que revise Vivir rodando, Ed Wood o Bowfinger (con las que no estaría perdiendo el tiempo, precisamente). Por lo tanto, la idea de que el protagonista, Ibo (un joven de ascendencia turca residente en Alemania), quiera dirigir la primera película de Kung Fu alemana es tan sólo el punto de partida, el pitch con el que los guionistas compran de entrada nuestra sensibilidad cinéfaga y que nos atrae irremediablemente hacia esta cinta ligera, agradable y divertida, uno de esos extraños casos en los que los premios en festivales de cine no deben estar reñidos con la complicidad del público más amplio (aunque me temo que con la escasa promoción que le están haciendo y la pobre distribución con la que cuenta, muchos se quedarán sin ver esta Kebab Connection a no ser que empleen otros medios para hacerlo, que variarán dependiendo del grado de paciencia que tenga cada uno… Y a buen entendedor…).
Para empezar, los cinco primeros minutos de la película ya me ganaron por completo: dos clientes entran en el restaurante y piden un Kebab, pero sólo queda uno… así que comienza una lucha de artes marciales (con espadas incluidas, así como una descacharrante “lluvia” de servilletas de papel) cuyo ganador podrá llevarse a la boca el (a priori) delicioso manjar. Obviamente lo que estamos viendo sólo se podría tratar de una pequeña ficción dentro de la ficción que es la película en general, o una secuencia onírica (el que pensara que esta escena iba en serio... una de dos: o ha visto muy poco cine o estaba algo despistadillo). Finalmente, tiene algo de ambas cosas: se trata del spot publicitario que Ibo ha realizado para “King of Kebab”, el restaurante de comida turca de su tío, en el que ha plasmado su pasión por el cine de artes marciales y que empleará como primer paso para conseguir su sueño de dirigir una película completa dedicada al género con el que ha crecido. Así que cómo no sentirme atraído de inmediato hacia una película que empieza así, cómo no entender a la perfección a un personaje que podría ser algún amigo mío o incluso yo mismo (por cierto, el prota lleva mullet, detalle que seguramente no pasará inadvertido para Viruete ni muchos de sus lectores). Imposible. Como dije antes, sólo con los primeros minutos de metraje ya sabía que mucho se tenía que torcer el invento para que no lo disfrutara como un crío y, afortunadamente, esa curva hacia la mediocridad es algo que no se produce. O, al menos, no es tan pronunciada como para que me diera cuenta.
Ibo (Denis Moschitto) es alguien feliz que comienza a ver el camino de la felicidad: su anuncio para “King of Kebab” ha sido un éxito tan rotundo que ha llenado de clientes el establecimiento, y él mismo se ha convertido en una celebridad local a la que reclaman un nuevo trabajo audiovisual. Tiene una novia con aspiraciones de actriz y una ristra multicultural de amigos y conocidos. Entonces, cuando está preparándose para dar el salto al mundo del largometraje, cuando está a punto de arañar su sueño con la yema de los dedos, surge lo imprevisto: su novia se queda embarazada y todo su plan se desmonta como fichas de Dominó que caen una tras otra delante de tus narices sin que puedas hacer nada por evitarlo. ¿O sí…? Y aquí es donde empieza el verdadero motivo de la película: el paso de esa edad llena de sueños, proyectos e ilusiones a ese otro momento en el que tienes que pararte a pensar y decirte a ti mismo “Muy bien, esto es lo que hay, éstas son las cartas que me han tocado y voy a jugarlas lo mejor que pueda”. La cuestión es si uno está dispuesto a dejarse ganar o si, por el contrario, luchará con todas sus fuerzas para vencer las adversidades. Ibo, que no por casualidad lleva una camiseta con la imagen de Bruce Lee (¿os acordáis de Retroceder Nunca, Rendirse Jamás, con Van Damme haciendo de malo?), no es de los que se rinden.
Podría seguir hablando unos cuantos párrafos más sobre los muchos detalles que me han gustado de Kebab Connection, pero creo que es mejor que los descubráis por vosotros mismos. Quizá vaya a quedar una reseña demasiado coja, que cuenta poco sobre mi valoración objetiva de la película y cuyo análisis crítico queda tan fino como las servilletas en las que los protagonistas envuelven su comida, pero por una vez he decidido que me apetece hacerlo así. Es inútil que me ponga a hacer conjeturas analíticas sobre esta película porque no las necesito para convenceros de lo bien que os lo vais a pasar con su visionado. O, al menos, esa es la sensación que pretendía transmitir con esta reseña. Sé qué estas líneas van a sonar a lo típico que dicen los miembros del equipo de rodaje de cualquier película cuando las promocionan, pero por una vez es cierto: aquí tenemos comedia, tenemos amor, tenemos acción, enfrentamientos paterno-filiales, conflictos culturales, etc., etc… Así que, ¿a qué estáis esperando para disfrutar de todo ello? ¿Qué no se ha estrenado en vuestra ciudad? Ah, ok, claro, lo entiendo… Mucho quejarse de la piratería, pero cuando otros piratas copan el 50% de las salas a las que puedes ir y te dejan sin la posibilidad de ver otro tipo de cine, parece que no se queja tanta gente porque eso sí que da dinero… En fin. Allá vosotros con vuestra conciencia, vuestra suerte y vuestra disponibilidad para viajar. Yo sólo os digo que Kebab Connection merece la pena. Y mucho.
Para aspirantes a todo. Para los que están a punto de dar el paso hacia la edad adulta y los que quisieran dar marcha atrás hacia ese punto.
Lo mejor: Que en menos de cinco minutos me sentí totalmente inmerso en la realidad que propone la película. Lo peor: Quizá demasiado optimista. Pero es justo lo que necesitaba... Calificación: 8'5 / 10
Lo peor que le puede pasar a una película (o una de las peores cosas que le pueden suceder) es que de entrada se encuentre con un notable sector del público esperando con los cuchillos afilados para destrozarla o, como mínimo, tomársela a pitorreo.
Este más o menos podría ser el caso de la cinta que nos ocupa, una peliculita sencilla y falta de pretensiones que muchos ya tildábamos de prematuro fracaso y de aburrimiento mortal. A nivel de taquilla la cosa no ha funcionado demasiado bien (costó unos 14 millones de dólares y ha recaudado algo más de 16 en los Estados Unidos), pero no podemos decir, al menos desde mi experiencia como espectador de la misma, que estemos ante una obra execrable por completo. Si bien es más o menos prescindible, también es verdad que dentro de lo que cabe ofrece noventa minutos muy entretenidos y algún sustillo bien colocado, lo cual no es poco si esto es precisamente lo que esperamos cuando pagamos una entrada para ver una peli de miedo. En honor a la verdad, todo parecía indicar que nos encontrábamos ante un bodrio producido a rebufo del éxito de El exorcismo de Emily Rose (cuya polémica aún colea en internet, sin ir más lejos, hagan click aquí y ya verán, ya...), es decir, utilizar una base real más o menos documentada (en este caso extraída del libro "The Bell Witch: An American Haunting" de Brent Monahan) para dar una pátina de verismo a lo que no deja de ser un cuento de horror sobrenatural. Y, de hecho, no me extrañaría que muchas de las críticas negativas que reciba la cinta centren parte de su actitud desacreditadora en este aspecto. Pero aún peor era pensar en la cinta precedente del director: la traslación al cine de Dragones y Mazmorras... primero un juego de ROL de culto, luego una serie de dibujos animados entrañable, y finalmente una película horrible, coronada por una sobreabundancia de (d)efectos especiales para echar a correr y no volver a ver la luz del sol en años.
Pero se ve que el treintañero Solomon aprendió más o menos la lección y se ha tomado cinco años de respiro hasta que por fin ha aprendido a hacer algo mínimamente coherente y elegante (mínimamente, repito, no vayan a confundir mis palabras y pensar que estoy comparando a Solomon con alguno de los grandes). No obstante, algunos de los recursos que utiliza están tan trillados que lastran la escasa creatividad que podría haber empleado en un largometraje de estas características (fenómenos poltergeist, alucionaciones colectivas, posesiones, agresiones de entes invisibles, etc., etc.). La cinta arranca con un prólogo ambientado en la actualidad que puede descolocar en un principio al espectador que espera ver trajes de época y escenarios anticuados. Está muy claro lo que pretende Solomon con esto: poder introducir nada más empezar una secuencia con ritmo y energía, un golpe de efecto terrorífico que se ve obligado a meter con calzador a sabiendas de que luego tendrá que tomarse un tiempo en explicar los orígenes del conflicto de los Bell y el público se podría aburrir hasta que llegaran las primeras manifestaciones del "más allá". Además, le sirve también para introducir un narrador (conocemos la historia a través de unos manuscritos encontrados en la casa donde vivieron los Bell) y para retomar la actualidad en un epílogo postizo en el que se vuelve a aplicar la moralina que nos ha soltado en el final del otro relato, el que nos interesa de verdad, el de la familia Bell. Pero no adelantemos acontecimientos (y, sobre todo, no destripemos el final) y centrémonos en lo que nos ofrece la película en general. Para empezar, hay que destacar la eficacia del reparto, a pesar de tener que lidiar con personajes tópicos (desde el fanático religioso hasta el profesor que intenta racionalizarlo todo), así como la buena labor de ambientación y fotografía (a pesar, y ya van unos cuantos "peros", del manido recurso de cambiar a blanco y negro cuando estamos viendo la acción a través de los ojos del "ente"). Pero, sobre todo, lo que me ha agradado de la cinta es su intento por mantenernos en guardia todo el rato, a la defensiva, esperando que en cualquier momento pueden sucederse los acontecimientos más bizarros. Vamos, que no es la típica cinta de terror de nueva hornada en la que parece que les da corte meter escenas de miedo. Maleficio no intenta ser tan "seria" y disfruta de su condición de película menor de posesiones, introduciendo secuencias de terror a la mínima oportunidad y haciendo que éstas primen sobre el resto. También es verdad que esto mismo puede ser tomado como un punto negativo, como algo cansino, pero supongo que (como decimos tantas veces) todo depende de lo que uno espere encontrarse. Por mi parte, prefiero que se repitan un poco en elementos terroríficos que en interminables diálogos metafísicos, ya que para eso tienes que contar con un buen director y un buen guionista, y Solomon (al menos de momento) no es especialmente ninguna de las dos cosas. Así, uno puede dejarse llevar y disfrutar con las pequeñas variaciones que se van produciendo en cada una de las set-pieces de la función, aunque también hay que reconocer que la variedad de momentos terroríficos no es tampoco desbordante. Haciendo memoria, destacaría los momentos de suspense que suceden a la luz del día y en campo abierto, ya que siempre me ha parecido terrorífica la idea de que el mal pueda ir a por ti en un momento en el que teóricamente estás protegido y a salvo. Por lo demás, tenemos las típicas noches oscuras con tormenta y velas, además de algunos agradecidos detalles sobre santería.
Podríamos seguir echando leña al fuego y atacar a Maleficio por otros de sus defectos, especialmente por el final a lo "quiero-ser-m-night-shyamalan" (como bien me advirtió mi compañero Snake) con un montaje en el que se nos vuelven a mostrar fragmentos que hemos visto antes y que contenían apuntes que (en teoría) hemos pasado por alto y nos avisaban de lo que ocurría realmente en la casa de los Bell. Una cagada monumental, si me permiten la expresión, porque a fuerza de intentar hacerse pasar por el más listo de la clase, Solomon lo único que consigue es quedarse en evidencia y tirar por tierra buena parte de lo que nos ha enseñado previamente, evidenciando agujeros de guión que sería mejor no detenerse a analizar en profundidad (aunque el compañero Stan está preparando una reseña sobre la peli en la que seguro que saca a relucir algunos de estos "agujeros negros", no sin razón). Pero, en definitiva, y es con lo que me quedo de Maleficio tras un único visionado, es una cinta entretenida y sencilla, de las que gusta ver con compañía asustadiza y que no pretenden ser más que eso: una serie B correctita, eficaz, que podríamos destrozar si quisiéramos pero que, qué quieren que les diga, a mí me ha caído simpática. Se que no es la manera más correcta y "profesional" de encarar una reseña, pero también soy consciente de que buena parte del público no esperará encontrar más en Maleficio que lo que les he contado. Depende de ustedes si piensan que merece la pena darle una oportunidad o no. Las hay mejores en la cartelera, pero seguro que también las hay muchísimo más aburridas.
Para aficionados al cine de terror poco exigentes. O para una tarde tonta en la que no te apetezca quebrarte demasiado la cabeza.
Lo mejor: Las escenas de miedo diurnas. Que se hace corta. Que no es tan mala como pensaba. Lo peor: El final. Calificación: 5 / 10 -Ver Ficha-
Fdo: Darkman